Cervantes y la `melosa´ Lengua Valenciana

Ricardo García Moya

Supongo que todo lo cer­vantino está estudiado, aun­que desconozco si existen ensayos sobre la obsesión de Cervantes hacia las lenguas. En su póstumo “Los trabajos dé Persiles y Slgismunda” (a.1617), hay quien clama por el idioma perfecto: “¡Qué lengua podrá decir, o qué pluma escribir lo que sintió!” ; y otro, por el contrario, oculta el suyo: “para disimular la lengua, y que por ella no fuese conocido por extranje­ro, me fingí mudo y sordo”; treta quizá autobiográfica de Cervantes en los intentos de fuga de la cárcel o Baños de Argel. En el Persiles, novela de peregrinos que viajan a Roma, surgen personajes que hablan francés, italiano, pola­co, castellano y valenciano; pero el novelista no específica lo de “valenciano”, al dar por hecho que los lectores sabrían a qué lengua aplicaba estos adjetivos laudatorios: “Cerca de Valencia...la hermosura de las mujeres y su extremada limpieza y graciosa lengua, con quien solo la portuguesa puede competir en ser dulce y agradable” (III, c.12). Prosiguiendo el peregrinaje a Roma: “al salir de Villarreal, una pastora valen­ciana...en su graciosa len­gua” (Ibid.).

Según Cervantes, la lengua hablada por la joven de Villarreal era, sumando adje­tivos: “graciosa, dulce y agra­dable”, sólo similar a la por­tuguesa. Pero Cervantes no tenía el mínimo interés en defender un idioma valencia­no que nadie cuestionaba; sólo le preocupaba el ritmo narrativo y no la inclusión de gentilicios que reafirmaran la existencia de una lengua. El novelista, con elipsis y huyen­do del pleonasmo, expone su admiración hacia el valenciano, detalle que no prodigó a otras lenguas. En el Quijote, por ejemplo, se muestra avaro de complementos hacia la catalana, a la que no dedi­ca ni una alabanza: “dicién­doles en lengua catalana (...) dijo en su lengua gascona y catalana” (Quijote. II.1615). Estas frases pertenecientes al encuentro con los ladrones catalanes (a los que asocia al mito del bandido generoso andaluz) carecen de los diplo­máticos epítetos sobre las bondades de cualquier idio­ma. No obstante, ¿sería sufi­ciente este matiz diferencia­dor para convencer a algún catalanero de que Cervantes distinguía entre valenciano y catalán? Temo que no. Incluso los recolectores de frases alusivas al idioma valenciano titubean sobre incluir o no las alabanzas del Persiles, al no especificar qué lengua es la “dulce y agrada­ble” (¿podríamos sustituir ambos adjetivos por “melosa”?) Respecto al titubeo, como diría la folclórica: el titubear se va a acabar.

En 1615, los talleres madrileños de la viuda de Alonso Martín imprimían “La gran sultana, doña Catalina de Oviedo”; comedia de traidores eunucos y pillas­tres renegados ambientada en el serrallo de Constantinopla, donde una cautiva española que estaba muy buena enamora al sul­tán. Por los 2.961 versos de la obra culebrea la pesadilla de Cervantes sobre cautivos y lenguas, recuerdo de sus años de soldado imperial y de pute­ado prisionero en africanos calabozos, sumideros de len­guas románicas y semíticas. Así, en la novela, cuando el renegado Roberto presume de hablar griego, le contesta el turco Salec: “aquí todo es confusión, y todos nos enten­demos con una lengua mez­clada que ignoramos y sabe­mos”.

Se trataba de la lingua franca, especie de esperanto de léxico imprescindible (mezcla de árabe, valenciano, castellano, italiano y portu­gués), en uso desde Orán a Estambul. Como filigrana literaria, Cervantes caracteri­za un idioma sin nombrarlo, sólo con adjetivos o, rizando el rizo, con un sustantivo. Así, los judíos que aparecen en “La gran sultana” incre­pan de este modo: “¡El Dio te maldiga!”. Los sefarditas, de Marruecos a Bizancio, alega­ban que “Dios” era plural politeísta, siendo la grafía “Dio” la adecuada; detalle morfemático que Cervantes utiliza para singularizarlos. Más interesante es el diálogo entre el juez o cadí con el cau­tivo Madrigal, pillo que pretende enseñar a hablar a un elefante. En pocos versos, Cervantes ofrece un abanico de dialectos y lenguas: la jerga del hampa, la jerigonza de ciegos, la bergamasca de Italia, la antigua de los grie­gos, la turquesca o morisca, la gascona de la Galia, la espa­ñola, la vizcaína y la húnga­ra; aunque a ninguna halaga con los adjetivos que otorgó a la dulce lengua valenciana. Si la vizcaína adolece de ser antigua y extraña, las demás le parecen escabrosas, graves, tristes, etc. Y volvemos a la duda, pues resulta extraño que la lengua de aquellos sol­dados valencianos que com­partieron penalidades con Cervantes en Lepanto (la tropa valenciana del capitán Diego de Urbina), y los que sufrieron en Argel y los que le rescataron hasta llegar a Denia y Valencia; esa lengua que hablaba su amigo Timoneda, la dulce y agrada­ble lengua de la joven de Villarreal ¿por qué no se conoce ninguna cita de Cervantes que especifique claramente su admiración por ella? No se conoce porque no interesa divulgarla, pero existe.

Tras enumerar múltiples jergas y lenguas que no le merecen aprecio a Cervantes, aparecen estos versos muy, pero que muy interesantes para nosotros y que conviene leer despacio: “Y si de aques­tas le pesa, / porque son esca­brosas (las lenguas), / mostra­réle las melosas / valenciana y portuguesa” (Cervantes, Miguel de: La Gran Sultana, Doña Catalina de Oviedo. Imp. Viuda de Alonso Martín. Madrid, año 1615, v.1560). El adjetivo “melosa”, derivado de miel, tenía en el castella­no del 1600 un valor semánti­co concreto: el de suave, dulce y agradable; por lo que si jun­tamos los textos cervantinos del Persiles y la Gran Sultana obtenemos este juicio idiomá­tico difícil de igualar: “gracio­sa lengua, con quien sola la portuguesa puede competir en ser dulce y agradable (...) las melosas valenciana y por­tuguesa”. Cuando coma miel me acordaré de Cervantes y el dulce adjetivo “melosa” (dulce y agradable), inusual pero existente en la literatura medieval castellana: “aquesta mi carta muy dulce, melosa” (Cancionero de Baena. h.1435), y valenciana: ”figues seques meloses” (Esteve: Li­ber, 1472). En catalán, lo sien­to, se documenta tardíamen­te; y también lamento que, a partir de ahora, los que nega­ban la admiración de Cervan­tes hacia la lengua del Reino de Valencia tendrán que aga­char orejas, e irse con el rabo (con perdón) entre patas.

Inexplicablemente, el maestro Corominas no roba el valenciano “meloses” de Esteve, aunque es primera documentación. Sólo ofrece al tardío “melós” de un diccio­nario catalán de 1805; aun­que el sádico etimólogo apro­vecha el comentario para des­preciar una vez más al catala­nero Germá Colón, “de la Universitat de Basilea”, arre­ándole otro de sus habituales hostiones: “en tot cas no val res la cita de Germá Colom”. En fin, olvídense de Germá Colón y la academia de Ascensión. Todos son cero al lado de los genios que recono­cían, citaban y admiraban la lengua valenciana: Cervantes y Martorell.

Diario de Valencia 19 de enero de 2003

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